La devastación física de la ciudad que hoy vivimos es sólo un símbolo de la ruina que la cultura regiomontana ha sufrido en estos últimos años. Los pilares ideológicos que la conformaron han ido cayendo poco a poco: la cultura del trabajo, empresas prósperas fieles a su comunidad de origen, distinguida por la calidad de la educación y formación de cuadros para la empresa, empeñando todo su esfuerzo para lograr una ciudad segura y libre de corrupción.
Post corporativo
La idea de prosperidad y consumo que alimentó y dinamizó la economía social provenía de corporativos sólidos, poderosos y en expansión. Si bien estos corporativos, a partir de las crisis de fines de los 70 y 80, se vieron afectados por quiebras; el rescate del gobierno y la apertura hacia los mercados internacionales las impulsaron a un segundo auge en el que CEMEX llegó a ser la cementera más importante del mundo, Vitro la vidriera más influyente.
Después de la crisis del 2009 los corporativos se retiraron del protagonismo internacional y se encuentran en ocupados en salvar el peligro de quiebra u ocupados en su reestructuración financiera.
Con la venta de Cervecería Cuauhtémoc a Heineken se simbolizó el fin de esa cultura corporativa que daba sentido a la economía regional: con empresas preocupadas por sus empleados, ligadas a su región. Al quedarse sólo como accionista de la cervecera holandesa FEMSA rompió el pacto que fundaba esta cultura del trabajo.
Post no-ideológico
Otro de los pilares de esta cultura regiomontana la conformó el Tecnológico de Monterrey. No me refiero a su calidad educativa, sino sobre todo la visión empresarial de ésta. Ese enorgullecerse de que sus alumnos eran educados sin ninguna ideología (más que la del capital).
Después del tiroteo que penetró esta institución educativa y la muerte de dos de sus alumnos, el Rector mismo del Tec cayó devastado y admitió públicamente el error de este pilar ideológico. “Debemos educar a nuestros alumnos con una visión más crítica y comprometida de la sociedad”, declaró. Admitió que su educación no los preparaba para responder a o evitar los problemas sociales que nos rodean y presentó su renuncia.
Post espectáculo
Para soportar la carga acrítica del trabajo intenso, la sociedad requería de un desahogo permanente. El acceso al espectáculo: antros, cerveza, conciertos, tables, futbol, complementaron esta cultura de trabajo, pero su apego y necesidad de espectáculo poco a poco fueron alimentando a las mismas mafias que hoy no las dejan salir a las calles a gozar de ese espectáculo.
Las familias obsesionadas con el trabajo, que confunde la fidelidad a su empresa con una actitud acrítica hasta la explotación; basadas en un nacionalismo que celebra la independencia del país en el extranjero, que consume cervezas Indio y Cuauhtémoc, pero explota y menosprecia a los grupos indígenas que emplea como domésticas y mozos; que aprendieron a vivir de la imagen hoy no les gusta lo que ven, hoy esa gente se enfrenta a sí misma, perdida, sin saber qué hacer, desvalida, padeciendo el espectáculo de su ciudad devastada y de sus pilares ideológicos ineficaces.
el epitafio como motor de contenidos
Decidí empezar un blog. Cuando hay gente que viene de vuelta de la existencia virtual, yo me decido a explorarla.
A destiempo, a contracorriente.
Para mí, después de más de 20 años de ejercer la crítica en esos medios materiales que son las publicaciones autogestivas, las revistas, los periódicos y, recientemente, los libros, este suscribirme a lo virtual, a lo inmaterial, es también una forma de suicidio virtual.
Escribo este blog como un salto al vacío.
Más que el optimismo de buscar la visibilidad o existencia en este medio; la sensación de desencanto, un espíritu descorazonado de “cansancio de las rutinas sagradas de la existencia” es el que me arroja a esta red.
Quiero pensar que, en esa decepción, reside el espíritu crítico.
Los temas son los de siempre, los que me han creado más malestar: la experiencia cotidiana de la imagen y la tecnología, la relación entre capital, política y cultura.
Comienzo este suicidio virtual. Mi epitafio intenta ser un diálogo continuado.
A destiempo, a contracorriente.
Para mí, después de más de 20 años de ejercer la crítica en esos medios materiales que son las publicaciones autogestivas, las revistas, los periódicos y, recientemente, los libros, este suscribirme a lo virtual, a lo inmaterial, es también una forma de suicidio virtual.
Escribo este blog como un salto al vacío.
Más que el optimismo de buscar la visibilidad o existencia en este medio; la sensación de desencanto, un espíritu descorazonado de “cansancio de las rutinas sagradas de la existencia” es el que me arroja a esta red.
Quiero pensar que, en esa decepción, reside el espíritu crítico.
Los temas son los de siempre, los que me han creado más malestar: la experiencia cotidiana de la imagen y la tecnología, la relación entre capital, política y cultura.
Comienzo este suicidio virtual. Mi epitafio intenta ser un diálogo continuado.
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