Nadie tiene la menor idea.
Pero nadie tiene la menor duda: el poder, el capital, en este contexto de interconectividad, está en quién controla la producción de contenidos.
Por un lado están las industrias culturales que invierten millones de dólares en la búsqueda de series, películas, grupos musicales, realities… que puedan fincarse en el “gusto” del público sin realmente llegar a encontrar la “fórmula del éxito”.
Por otro están las plataformas político-sociales buscando en lo digital, en su interconexión, absorber y propietarizan la información y los contenidos generados por sus usuarios, sin descubrir tampoco cuál plataforma, cuál blog o cuál website es el que atraerá a los públicos más numerosos hacia su molino.
En una reunión de trabajo a la que asistí se discutió el tema del “activismo digital”.
Eva Sander nos compartió su experiencia en el grupo
CitiVox y las posibilidades de la tecnología para formar ciudadanía.
Durante las elecciones del 2009 en México dispusieron una plataforma para que los ciudadanos reportaran irregularidades en el proceso electoral, que podía consultarse en línea y proveía información localizada por distrito y estado en tiempo real.
Han trabajado también con gobiernos de Sur y Centroamérica colaborando para reportar, analizar y responder al comportamiento de los crímenes cometidos en determinado municipio.
En algún momento, como síntesis del éxito de su trabajo, expusieron las “
7 llaves al éxito en el camino hacia el compromiso cívico”.
Estas llaves resultaron una mezcla de tips prácticos (3. Cuando estés en Roma, haz lo que los romanos; 2. La gente aprenderá [a utilizar tu plataforma], si tienes la voluntad de enseñarles); cuestiones de sentido común (1. No es la tecnología, sino lo que hagas con ella; 5. La red significa gente, no computadoras o teléfonos) y experiencia que cualquiera que haya llevado un proyecto público puede saber (6. Deja que los usuarios de poder lleven el show; 7. Está listo para tener la atracción mediática porque, cuando el fenómeno es grande, se vuelve bola de nieve)
Lo realmente sustancial estaba en la llave 4 (casualmente escondida en un doble blindaje: en medio de las 7 y entre paréntesis en medio de la declaración principal: “Si tú lo construyes (y confían en ti), ellos participarán”.
Para mí esta fue su declaración de principios. Es decir, ese condicional, planteado entre paréntesis, sería la verdadera llave que todos estamos esperando que se revele: ¿cómo hacer que ellos, los usuarios de la red, confíen en nuestra propuesta en este mar de “ofertas” de participación?
Es decir, si bien la interconectividad ha hecho evidente la sobresaturación de información; parece que nadie ha encontrado la “clave” para que dentro de esta “supercarretera informática” se puedan localizar “paraderos” o “estaciones de servicio” que atraigan infaliblemente al sinfín de usuarios que transitamos por ella.
¿Por qué un video aparentemente absurdo alcanza millones de reproducciones en pocas semanas?, ¿qué imagen insignificante se convertirá en exitoso meme digno de culto en ghettos informáticos como 4chan?
A esta ignorancia sobre las “reglas” para atraer la respuesta de los usuarios le llamamos crisis de contenidos.
Al inicio de una clase que impartí este semestre (Redacción Digital Avanzada) les decía que, en este contexto de saturación de información, no se trataba de escribir bien o sobre los temas que diariamente nos dicta la agenda informática global. Lo importante es producir contenidos.
Después de una serie de ejercicio y reflexiones sobre lecturas, la última sesión nos dedicamos a tratar de definir ¿qué entendíamos con producir contenidos; cómo se construye esa confianza que opera como amalgama que une o activa las redes informacionales en las que ya participamos?
Después de un intercambio de posturas, de un juego de palabras surgió la idea: “nosotros somos el contenido”.
Producir contenidos es producirnos como sujetos (y no dejar que otros, instituciones, corporativos, plataformas... nos construyan verticalmente).
Ante esa saturación de información y oferta de participación confiamos en el cercano, ya no líder de opinión, ya no afirmación de una estructura jerárquica. Es nuestro amigo real, de carne y hueso quien se convierte en un editor de contenidos confiable y nos guía a leer ciertos artículos de ciertos periódicos, a escuchar ciertas canciones de ciertos grupos.
La confianza, esa llave secreta, es poder responder a esa sugerencia de lectura o reflexión y así producir “dispositivos de interacción dialógica y conversacional en el espacio público” (
Brea, dixit).
Es decir, producir participación. Producir comunidad. No los nodos interconectados por la tecnología, sino que transite identidad, confianza a través de esas arterias escleróticas que es la interconectividad.