el epitafio como motor de contenidos

Decidí empezar un blog. Cuando hay gente que viene de vuelta de la existencia virtual, yo me decido a explorarla.

A destiempo, a contracorriente.

Para mí, después de más de 20 años de ejercer la crítica en esos medios materiales que son las publicaciones autogestivas, las revistas, los periódicos y, recientemente, los libros, este suscribirme a lo virtual, a lo inmaterial, es también una forma de suicidio virtual.

Escribo este blog como un salto al vacío.

Más que el optimismo de buscar la visibilidad o existencia en este medio; la sensación de desencanto, un espíritu descorazonado de “cansancio de las rutinas sagradas de la existencia” es el que me arroja a esta red.

Quiero pensar que, en esa decepción, reside el espíritu crítico.

Los temas son los de siempre, los que me han creado más malestar: la experiencia cotidiana de la imagen y la tecnología, la relación entre capital, política y cultura.

Comienzo este suicidio virtual. Mi epitafio intenta ser un diálogo continuado.

jueves, 10 de febrero de 2011

Ejército simbólico III


Durante mucho tiempo se ha pensado que la discusión es un acto inútil, sólo una plática de café, una masturbación intelectual. En esa polarización entre teoría y praxis, se piensa que la discusión no conduce al cambio, se menosprecia el poder de transformación de la palabra.

En estos días me crucé con Óscar en los pasillos del centro donde los dos damos clase. El año pasado la lógica institucional nos hizo coincidir, en una relación alumno-maestro, mientras él estudiaba su posgrado. Le pregunté cómo iba con su tesis. Me respondió que bien, pero que extrañaba la dinámica de discusiones que la estructura académica promueve y calendariza. Quedamos de aprovechar la coincidencia para vernos y platicar sobre su tesis en semanas por venir.
Supongo que lo que nos animó a los dos a acordar un encuentro fue reconstruir, en lo que podamos, esa dinámica de intercambio de ideas que se daba en ese salón de maestría.

Por esos días me encontré con Esteban. Entre otras cosas, me platicaba que vivía en una casa mientras resolvía sus asuntos para irse a trabajar al extranjero. Su intención es convertir ese espacio desaprovechado en un espacio de reunión, de contacto, de discusión.

Va a convertir esa casa el campus Resolana de su reciente proyecto, la Universidad de Posmópolis. Quiere organizar cursos sobre temas que otras universidades ignoran. Su primer propuesta es un diplomado sobre historia de las prácticas sexuales en Monterrey. Invitará a teiboleras a impartir cátedra sobre su experiencia, a que cada uno de nosotros comparta su microhistoria y, en común, conformar un discurso hasta ahora callado, no representado en el espacio público.  

Me convocaba a desarrollar talleres o diplomados sobre asuntos sociales cruciales pero silenciados, ignorados.

La coincidencia en el interés por la conversación reiteró mi creencia en el poder de los espacios de discusión y diálogo para conformar sociedad y modificarla.
Quien me conoce sabe que no soy muy sociable, pero cada que salgo al espacio público y entablo una conversación, cada que me animo a encontrarme con los otros llevo la convicción de que la dinámica del diálogo me/nos compromete a hacer algo, funda proyectos de escala tal vez ridícula, pero común, pública, pues se sella en el encuentro cara a cara con el otro.

En esta cadena de conversaciones Loreto me invita a participar en un proyecto que se llama Aquí mero. Su propuesta es hacer “un acontecimiento artístico muy efímero, situado en un espacio específico. Artistas y no artistas intervendrán el espacio doméstico de una casa, el espacio común que une esta casa con otra y un espacio cultural. Las lógicas de los proyectos son heterogéneas, algunos son intervenciones individuales, como reflexiones particulares de cada artista frente al lugar, otros se presentan como espacios de documentación, como salas de reunión, otros como dinámicas colectivas de intervención. Un conjunto de formatos variados – imágenes, instalaciones, performances– que se desarrollan alrededor del propio lema del evento, el aquí y ahora. El interés por trabajar en estas dos coordenadas parte de lo que entendemos como una necesidad que localizar la mirada, desde una posición sin autosuficiencia, desde un lugar muy concreto en el espacio y parcial en el tiempo.”
Le comparto la posibilidad de hacer coincidir en los días que se llevará a cabo su proyecto con la idea que junto con Esteban desarrollamos: sacar una publicación breve, accesible, acorde a las limitaciones que hoy tiene el espacio público, sus necesidades y las condiciones de crisis –económica, de representatividad, de vida comunitaria– que se da en los espacios públicos.

Para realizar esta publicación Esteban y yo nos reunimos con Carmina para que colaborara con el diseño. Ella, por su lado, está realizando un proyecto de intervención pública en el que involucró a varios productores plásticos.

Escribo los apuntes para este texto en una reunión que, después de tomarme un café con Marco, se desarrolla para reflexionar sobre las prácticas artísticas inmateriales.  

En menos de una semana coincidí en estos espacios y de estas conversaciones particulares resultaron las acciones que registro.

Estoy convencido que la primer forma de transformar la ciudad, el entorno que se nos presenta hostil y amenazante, es dialogar sobre ella, transitarla y habitarla con nuestras palabras, simbolizarla y cambiarle el sentido día a día, palmo a palmo.

Estas mínimas acciones, más las que cada microcomunidad emprende, autónomamente, en ejercicio de su derecho y para enfrentar su angustia, van conformando este ejército simbólico que enfrenta los embates de las campañas que pretenden mantenernos disciplinados, pasivos, mientras otros se aprovechan de nuestro miedo.

Este ejército simbólico, a través de estas microacciones, está redefiniendo la dinámica social, al emprender acciones autónomas en la que pretende reeducarse, liberarse de la carga cultural que durante décadas soportó.
Desde los medios ha surgido una campaña para elevar la moral de la ciudad: Nuevo León, creo en ti. Esta campaña nos convoca a  la sociedad para que mantengamos y recurramos a los valores que “siempre nos han sacado adelante”. Lo que no se dan cuenta es que son precisamente esos valores emprendidos por los medios, los corporativos regiomontanos, los que definen la cultura del trabajo acrítica, los que han fracasado (sólo hay que revisar someramente los apellidos de quienes dan la cara en esta campaña: Junco, Zambrano, Maiz, sumados a nuestros raquíticos “líderes de opinión” para saber lo que la campaña defiende).

Estas reacciones ciudadanas, invisibles para las autoridades y los corporativos, enarbolan nuevas respuestas, articulan redes sociales para construir símbolos y valores más eficientes.

El ejército simbólico no son buenas intenciones. Estas palabras solo buscan darle visibilidad a esa marea social que se mueve a pesar del estatismo de los estamentos de poder.

2 comentarios:

  1. si ésto fuera facebook pondría "me gusta"
    pero como es un blog opto por expresar que comparto tus ideas e ideales.

    creo firmemente que un grupo de ciudadanos comprometidos y pensantes son el detonante de un cambio, siempre ha sido así.

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  2. gracias, yo sigo platicando con varias gentes, haciendo algo después de platicar, tratando de no dejar espacios vacíos para que nos sean ganados por otras dinámicas, tratando de simbolizar mi cotidianidad y dinamizar mi entorno mientras pueda.

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