el epitafio como motor de contenidos

Decidí empezar un blog. Cuando hay gente que viene de vuelta de la existencia virtual, yo me decido a explorarla.

A destiempo, a contracorriente.

Para mí, después de más de 20 años de ejercer la crítica en esos medios materiales que son las publicaciones autogestivas, las revistas, los periódicos y, recientemente, los libros, este suscribirme a lo virtual, a lo inmaterial, es también una forma de suicidio virtual.

Escribo este blog como un salto al vacío.

Más que el optimismo de buscar la visibilidad o existencia en este medio; la sensación de desencanto, un espíritu descorazonado de “cansancio de las rutinas sagradas de la existencia” es el que me arroja a esta red.

Quiero pensar que, en esa decepción, reside el espíritu crítico.

Los temas son los de siempre, los que me han creado más malestar: la experiencia cotidiana de la imagen y la tecnología, la relación entre capital, política y cultura.

Comienzo este suicidio virtual. Mi epitafio intenta ser un diálogo continuado.

domingo, 13 de febrero de 2011

Libre circulación como forma de control

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Nunca he utilizado reloj. Salvo por un breve periodo en el que, por la atracción fetichista, utilicé un reloj de bolsillo.

La razón puede estar en mi desapego a usar accesorios, algo que, más allá de la ropa, me estorbe. Mi negación ante la costumbre arraigada de la sociedad podía resolverse con pedirle la hora a cualquier gente con la que me encontrara.
Más tarde, ante la inundación de aparatos electrónicos que incluían un reloj –radio, grabadoras, televisiones, beepers, microondas, teléfonos móviles, ipods, computadoras…–, cada vez me era menos necesario cargar con otro aparato exclusivamente para saber qué hora era.

La medida del tiempo se volvió un bien social que se pedía y se daba entre sus miembros. Esta libre circulación hizo evidente la profundidad que tomó en la sociedad como forma de control. 

Desde las simple idea de volver el día una bien definida jornada de trabajo en la que priva la importancia de volver capital el tiempo, hasta el control del ocio social se ha logrado a través de la popularización del uso del reloj.

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Una proliferación similar a la que se da en el mundo moderno con el control del tiempo, ahora lo vemos con la producción de imágenes. Del mismo modo que los relojes se volvieron accesibles y portátiles para cada individuo e incluso otros aparatos adoptaron esta función, ahora la posibilidad de tomar fotografías es más accesible y varios aparatos incluyen entre sus funciones la toma de fotografías.
Así como antes no necesité usar reloj, ahora no utilizo y no veo necesario usar los múltiples aparatos que tienen la función de cámara. Tanto para las entradas de este post como para los pocos eventos sociales a los que asisto, no cargo con la cámara.

Si así lo hiciera, no me molesto en interrumpir una plática y perder el tiempo tomando fotos, pues sé que alguien más se ocupa ya de eso y lo único que tengo que hacer es tomar sus fotos, de la misma forma que pedía la hora en la calle cuando no llevaba reloj. 

Así como el tiempo privado, por el reloj se fue volviendo más y más controlado, capitalizado por el medio productivo al tiempo que su uso se generaliza; la publicación de más y más imágenes, de más y más momentos de nuestras vidas privadas –desde la identificación con fotografía, hasta las redes sociales– es la forma actual de control y capitalización de la gestión de la imagen, ahora en generalizada y en forma digital.

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