el epitafio como motor de contenidos

Decidí empezar un blog. Cuando hay gente que viene de vuelta de la existencia virtual, yo me decido a explorarla.

A destiempo, a contracorriente.

Para mí, después de más de 20 años de ejercer la crítica en esos medios materiales que son las publicaciones autogestivas, las revistas, los periódicos y, recientemente, los libros, este suscribirme a lo virtual, a lo inmaterial, es también una forma de suicidio virtual.

Escribo este blog como un salto al vacío.

Más que el optimismo de buscar la visibilidad o existencia en este medio; la sensación de desencanto, un espíritu descorazonado de “cansancio de las rutinas sagradas de la existencia” es el que me arroja a esta red.

Quiero pensar que, en esa decepción, reside el espíritu crítico.

Los temas son los de siempre, los que me han creado más malestar: la experiencia cotidiana de la imagen y la tecnología, la relación entre capital, política y cultura.

Comienzo este suicidio virtual. Mi epitafio intenta ser un diálogo continuado.

viernes, 18 de marzo de 2011

El productor como wedding planner

Hace unos días apunté en mi cuaderno, “Proyecto: Producir conversaciones. Formar grupos de discusión. Crear un núcleo activo que produzca contenidos y que opere como motor de proyectos”.

El artista como…

He estado juntándome con Marco y con Ismael para desarrollar dos proyectos distintos. Sin ser el tema principal, en esas reuniones siempre ronda la idea del productor cultural.

Los cambios en el modelo de productor, que se han descrito, corresponden a cambios en los medios de producción o a la emergencia de una nueva función social –El autor como productor, W. Benjamin–, a cambios en las estructuras de conformación del sujeto –El artista como etnógrafo, Hal Foster– o a un cambio en sus prácticas –El artista como DJ, Bourriaud.
Es estatuto de productor está en estrecha relación con las transformaciones que se dan en la sociedad. Si concibe que su trabajo es parte de un gremio de cantereros, que depende de una destreza técnica por medio de la que se encausa una genialidad, que debe estar integrado a disciplinas como el diseño industrial y el gráfico, si es una labor meramente mental y decide dedicarse a jugar ajedrez… está manifestando un modelo conformado socialmente en base a sus idealizaciones, tipo de producción social o los paradigmas con los que se conforma su realidad.

El capitalismo cognitivo ha rearticulado las formas de concebir la producción, el trabajo y las formas de capitalización que se ven reflejadas en el modelo de artista.

La proliferación de colectivos, espacios alternativos, la desmaterialización del objeto del arte, el énfasis en lo relacional son resultado de la terciarización de la economía, del trabajo inmaterial, de procesos de gentrificación que conlleva la posfordización de la producción en la que la informatización y la comunicación son el centro de la formación de capital.
La personalidad flexible que Brian Holmes propone –sujeto multihabilidad, que dasarrolla un trabajo autónomo, trabaja en casa, por proyecto y depende de sus habilidades de networking– tiene su manifestación en el productor cultural que, al mismo tiempo que es productor visual, es rocker, tiene un café o centro cultural alternativo en la sala de su casa o desterritorializado en lo digital, dirige un proyecto de video, es curador, pertenece a varios colectivos, tiene un programa de jóvenes coleccionistas, es diseñador gráfico, organiza eventos efímeros o en sitio específico y, en sus tiempos libres, da clases en universidades o particulares en su taller…

A este multichambismo le llamamos wedding planner. Los wedding planners trabajan para que otros gocen, son en quienes recae toda la responsabilidad del evento pero que no gozan de crédito ni disfrutan de la experiencia, son quienes hacen el trabajo sucio para alguien que puede pagar por no someterse a esa experiencia, a esa tensión que genera la responsabilidad de la producción cultural.

Así como cuando hacemos nuestras transacciones bancarias desde nuestra laptop le estamos haciendo el trabajo a algún cajero que sigue recibiendo su paga; todas las iniciativas alternativas terminan haciendo el trabajo (no solo gratuitamente, sino poniendo capital de su bolsillo) de los promotores culturales –públicos o privados– que finalmente cobran por una chamba que deberían asumir como suya, pero que las personalidades flexibles terminamos asumiendo.

Relación con el espectador

Una alternativa para no ser un peldaño más de esa escalera que asciende al aplastarnos, que capitaliza la estructura del estado o privada de la cultura, es intentar revertir las jerarquías establecidas y reestablecer relaciones horizontales en el contexto de la producción cultural.

Hay una tendencia que parece establecer al productor como punto focal del proceso de producción cultural. Ninguna de estas rearticulaciones de la producción artística funciona si no rearticula la relación entre productor y espectador, si no se devuelve al espectador su importancia.  
No ofrecerle comida tailandesa, no ponerle cojines en las salas de museos o bienales, no organizar una fiesta con vino gratis y música, es decir, no utilizarlo como un elemento formal más que ayude al productor a completar su obra, no ser condescendiente con él; sino dialogar con él, proveerle de contenidos y dar la cara para entablar una conversación desde la horizontalidad.

Más que organizar una exposición o evento que afirme el lugar del productor como centro del fenómeno, más que ser quien se celebra en una exposición, el productor operaría una serie de momentos en los que pueda funcionar como anfitrión.  

Lo que define al productor será generar conocimiento, saber que los contenidos son creados por los espectadores.
En un meil Marco me dice “me quedé pensando en la postura del productor de mesas redondas, en donde a futuro, además de generar comunidad, tránsito de ideas, diálogo, también genera una nueva salida al mercado al ser un productor que lo que ‘vende’ sean powerpoints, quizá también pizarrones, cartulinas. Ese es el nuevo campo de estudio, hablar o no hablar con micrófono, preocuparse en cómo acomodar las sillas en relación al espacio...”.

… y esperar que el contenido suceda.

Rearticular el circuito del arte

El proyecto al que Calixto e Ismael me invitaron a dialogar se centra en los siguientes puntos.

No se trata de utilizar un bar como un espacio “alternativo” ni convertir los eventos que en él se originen en “muestras de arte”. Lo que se intenta es crear un espacio crítico, una grieta. Se trata de ver cómo se reconfiguran las relaciones que sostienen el circuito artístico, al convertir un bar en un Museo de Arte Contemporáneo.

Éste será sobre todo un espacio de reflexión crítica que abra la posibilidad de repensar, rearticular, las relaciones, simbolizaciones, prejuicios, estructuras, intercambios, mitos, que instituyen el circuito del arte.
El propósito es invitar al público a reflexionar sobre la banalización de los espacios culturales, así como sobre los abusos en la utilización de términos mal comprendidos que, ante la ignorancia y el oportunismo de los miembros del medio cultural, intentan llenar, con estrategias especulativas y discursos vacíos, los espacios no habitados del circuito cultural.

Parece que el espectador puede ser el nuevo aliado al que los productores tienen que referirse para contrarrestar la marea institucionalizante y estéril de eventos en los que la producción cultural se pauperiza al contribuir a la construcción del capitalismo cultural.

¿Habrá productores capaces de asumir el reto?

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