el epitafio como motor de contenidos

Decidí empezar un blog. Cuando hay gente que viene de vuelta de la existencia virtual, yo me decido a explorarla.

A destiempo, a contracorriente.

Para mí, después de más de 20 años de ejercer la crítica en esos medios materiales que son las publicaciones autogestivas, las revistas, los periódicos y, recientemente, los libros, este suscribirme a lo virtual, a lo inmaterial, es también una forma de suicidio virtual.

Escribo este blog como un salto al vacío.

Más que el optimismo de buscar la visibilidad o existencia en este medio; la sensación de desencanto, un espíritu descorazonado de “cansancio de las rutinas sagradas de la existencia” es el que me arroja a esta red.

Quiero pensar que, en esa decepción, reside el espíritu crítico.

Los temas son los de siempre, los que me han creado más malestar: la experiencia cotidiana de la imagen y la tecnología, la relación entre capital, política y cultura.

Comienzo este suicidio virtual. Mi epitafio intenta ser un diálogo continuado.

viernes, 4 de marzo de 2011

Medio de contraste (Ejército simbólico IV)


Sustancia que se usa para mejorar la visibilidad de estructuras y fluidos dentro del cuerpo

Asistí al evento Aquí Mero, “un acontecimiento artístico muy efímero” de intervenciones en un espacio común que une la vecindad con las prácticas artísticas. Bajo la organización de Calixto Ramírez, Ismael Merla y Loreto Alonso, el evento se realizó el 26 de febrero. 

Aquí Mero tuvo lugar –entre otros espacios– en la azotea de varias casas. Ayer Raúl me comentó que el evento le recordó la última aparición pública de los Beatles en la azotea de los estudios Apple. La inminente partida de Loreto a Cuba recrea esa melancolía y necesidad de análisis.

Más delante dedicaré un comentario particular sobre el evento. Ahora quiero aprovechar la oportunidad para analizar el paso “muy efímero” de Loreto por Monterrey.

Lo que no se ventila, se pudre

En julio de 2009 recibí una llamada de Loreto. Se presentaba como la nueva maestra del Posgrado de Artes. Me invitaba a platicar para uniformar el programa de una materia que íbamos a dar a dos grupos distintos. Como yo había impartido la materia el semestre anterior, quería conocer mi percepción y sugerencias sobre el curso.

En la dinámica de la conversación se le ocurrió que diéramos la materia juntos; que en vez de que cada quien hiciera uso de ese concepto malentendido y abstracto de “libertad de cátedra” –en salones cerrados y distintos– entabláramos una dinámica contrapunteada y dialógica que enriqueciera la visión de los alumnos dentro de un solo salón.
Acepté de inmediato. Mi experiencia previa de cátedra compartida era a nivel licenciatura. A pesar del riesgo –o quizá por él– que representa exponer la vulnerabilidad de mi formación y criterio, el contrastarlos con la de otro catedrático, el que varios maestros enfrentemos simultáneamente las inquietudes de los alumnos ha sido una de las experiencias más ricas de mi carrera docente.

No tengo conocimiento de una clase impartida por dos maestros simultáneamente a nivel posgrado. He vivido el celo que implica la cátedra. Una vez, siendo yo alumno de posgrado, un maestro me “dispensó” de asistir a su clase y me propuso que solo le entregara los trabajos. Según la interpretación de un amigo, fue la forma de evitar la confrontación cotidiana de mi presencia en el salón de clase.

Por eso la propuesta de Loreto me fue atractiva e inmediatamente llamó mi atención sobre su persona y sus prácticas.

Dos semestres impartimos la materia en esta modalidad. Planeábamos en conjunto las actividades y lecturas. Aunque tuvimos desacuerdos sobre nuestro acercamiento a problemáticas particulares, entendíamos que estos enriquecían la visión de los alumnos pues los exponían a la discusión teórica que sustenta la construcción del conocimiento. Estos desacuerdos nunca los tomamos personales, incluso disfrutábamos el que se dieran y fortalecían nuestra relación académica.       

La falta de confrontación que priva entre maestros evidencia que más que la discusión teórica, sean parámetros administrativos lo que rigen las universidades y, en vez de la actualización, promueve la obsolescencia de los marcos teóricos que se anquilosan tras el coto cerrado de la libertad de cátedra.

Formar constelaciones

Su dinamismo, afectividad y extranjería hicieron que su experiencia de la ciudad activara mecanismos que evidencian su funcionamiento y los quistes que acumulan y que, para algunos de los que nos movemos dentro de ellos, permanecen invisibles por cotidianos.

Si algo hizo Loreto fue mapear, geolocalizar, las distintas experiencias de la ciudad que vivimos sus habitantes.
Recogió un perro que encontró atropellado en la calle y lo volvió su mascota. Entabló una relación cercana con sus vecinos en la cuadra donde vivió en el centro. Llevó a sus alumnos a intervenir espacios marcados por la violencia, los motivó para que mapearan sus trayectos por la ciudad y el nivel de riesgo que implicaba hacerlos. Organizó a un grupo de maestros y alumnos del posgrado para que escribiéramos sobre la visualidad en Monterrey en un libro que está en prensa (Volver y mirar a Monterrey). Dentro de lo que llamó el OViM (Observatorio Visual de Monterrey), reunió en tres mesas distintas a grupos y gente que ha tenido experiencias de trabajo o visiones de Monterrey para discutir las imágenes que cada uno tenía de la ciudad y promovió la creación de acciones (decía, “No somos un grupo ni vamos a organizar nada. Si hay algo que quieran hacer o seguir haciendo, a través de este espacio puede tener una salida”). En esas mesas estuvo un fotógrafo cuyo objeto son los procesos implícitos en el crecimiento de la ciudad, una activista, varios críticos, un productor que ha reflexionado sobre la dinámica urbana, varios antropólogos que hacen desde trabajo social hasta investigación académica…

Aquí mero fue el último ejercicio de mapeo que realizó.  

Cortocircuitos e hipersensibilidades

Desde que llegó, Loreto asistió regularmente a mesas de discusión, presentaciones de libros, conferencias, obras de teatro… y en ellas se preocupó por hacer relaciones, por mostrar su curiosidad sobre lo que sucedía en la ciudad.

Su distancia con el ambiente local, cargado de tensiones, prejuicios y resentimientos gratuitos pero acendrados, operó como un medio de contraste en el medio cultural que, en cada una de sus iniciativas, evidenció las estructuras sobre las que opera y que la hacen ineficiente.
Su carácter permitió, en algunos casos, una tregua de esta guerra intelectual que ya nadie recuerda su origen, pero que mantenemos porque deseamos que nos favorezca. Lo que queda es la certeza de la fractura, de que la afiliación a un grupo implica la distancia con otros. Loreto vino a evidenciar que los críticos de la cultura regia, que se basa en la privatización del bien común, en la competencia feroz, seguimos el mismo modelo en nuestra participación pública: académicos, productores culturales y artísticos no presentamos el mínimo comportamiento gregario, anteponemos nuestros intereses personales a lo que referimos como bien común.


El paso de Loreto evidenció algunas buenas prácticas que se llevan a cabo que se revierten hacia la comunidad, pero también las inercias que se siguen dando en el ámbito cultural que opera en función de cotos, intereses particulares y que son incapaces de lograr que lo que he llamado el ejército simbólico se conforme para defender la ciudad de los males que la aquejan, porque, muchas veces las prácticas en las que se desarrolla la producción cultural, forma parte de uno de estos males.

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