el epitafio como motor de contenidos

Decidí empezar un blog. Cuando hay gente que viene de vuelta de la existencia virtual, yo me decido a explorarla.

A destiempo, a contracorriente.

Para mí, después de más de 20 años de ejercer la crítica en esos medios materiales que son las publicaciones autogestivas, las revistas, los periódicos y, recientemente, los libros, este suscribirme a lo virtual, a lo inmaterial, es también una forma de suicidio virtual.

Escribo este blog como un salto al vacío.

Más que el optimismo de buscar la visibilidad o existencia en este medio; la sensación de desencanto, un espíritu descorazonado de “cansancio de las rutinas sagradas de la existencia” es el que me arroja a esta red.

Quiero pensar que, en esa decepción, reside el espíritu crítico.

Los temas son los de siempre, los que me han creado más malestar: la experiencia cotidiana de la imagen y la tecnología, la relación entre capital, política y cultura.

Comienzo este suicidio virtual. Mi epitafio intenta ser un diálogo continuado.

martes, 5 de abril de 2011

Conversaciones de bolsillo

1.
Cotidianamente reviso textos de alumnos o de colegas (artículos, ensayos, tesis…), sea como ejercicio de clases, como proceso de edición o como parte de una asesoría.
Una conversación continua es la necesidad de contextualizar los comentarios, experiencias, análisis, opiniones en esquemas conceptuales –marcos teóricos, problemáticas sociales, esquemas metafóricos– que les den perspectiva y profundidad.
La diferencia entre apelar a la comprensión del otro que, al leernos, nos acoja solo como un proceso empático al ver nuestra experiencia como distinta, ajena y el apelar a que el otro vea en nuestro escrito una reflexión o profundización de su propia experiencia y que esto le ayude, incluso, a comprenderse como persona, tiene que ver con esta necesidad de contextualizar nuestros palabras dentro de un marco conceptual adecuado.
 Al mismo tiempo que les planteaba a mis alumnos esta necesidad, me paralizaba la complejidad del problema: en el contexto latinoamericano tener una formación que nos permita tener acceso a ciertos referentes culturales que nos sirvan para contextualizar nuestra experiencia, es una cuestión que evidencia desigualdades y subalteridades de difícil resolución por voluntad propia y en un salón de clase.
La conversación siguió sobre las deficiencias en el sistema educativo, debidas a problemas socioeconómicos, que dificultan el acceso a la educación en amplios sectores de nuestro país. Esto impide que podamos remitirnos, en nuestros textos, no sólo a conocimientos que se consideran de criterio general; sino, sobre todo a marcos teóricos de análisis que, dadas las disparidades socioeconómicas, no son conocidas en muchas de nuestras universidades.
Para ponerlo en términos simples: este proceso de contextualizar y lograr reflexiones que trasciendan la experiencia personal, muchas veces, está determinado por factores socioeconómicos de los cuales estamos ajenos en este país.
2.
En este contexto recuerdo las condiciones que Juan Antonio Ramírez establece en su libro Cómo escribir sobre arte y arquitectura. En él dice que para escribir de arte “hay que conocer toda la historia del arte, no solo las últimas corrientes; deberá tener una notable curiosidad intelectual que abarque campos como la arquitectura, el cine, los comics, la fotografía y la cultura visual en general, sin desdeñar el estudio de la literatura, la música y la filosofía; necesita también conocimientos de historia política, social y económica; se necesita, además escribir bien, partir de información sólida y fundamentada que sean leídas de manera ligera y con un puntito de humor de ser posible. Insiste que esta labor tendrá que hacerse bajo la presión imperiosa de la actualidad de la publicaciones periódicas…”.
Muchos de nosotros quedaríamos fuera en la tercera condición.
3.
¿Cómo entonces establecer diálogos, hacer pública una conversación para que tenga sentido para todos si no compartimos el mismo herramental conceptual?
Parece que las condiciones básicas para el diálogo es jugar con las mismas cartas, jugar el mismo juego y compartir las mismas reglas.
Se me ocurre una metáfora. Ante esta realidad, la mayoría de las veces tendríamos que crear conversaciones con la misma actitud que los niños intercambian valores que cargan en sus bolsillos.
Sin importar que éstos sean de naturaleza distinta, los niños sacan de sus bolsillos y ponen en común piedras de formas extrañas, clavos, canicas, pedazos de madera, monedas agujeradas, sapos y alambras doblados…
En ellos el diálogo no es imposible, simplemente es sometido a la disposición de, en cada momento, poner sobre la mesa el criterio de valor que cada concepto (objeto de valor en el bolsillo) tiene para nosotros.
Estos diálogos de bolsillo, en condiciones en que los conceptos son distintos, requieren una actitud permanente de traducir, de hacer trueques conceptuales que nos permitan hacer la conver(sa)ción y salir todos satisfechos y ganando.


¿Seremos capaces de entablar estas conversaciones de bolsillo?

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