el epitafio como motor de contenidos

Decidí empezar un blog. Cuando hay gente que viene de vuelta de la existencia virtual, yo me decido a explorarla.

A destiempo, a contracorriente.

Para mí, después de más de 20 años de ejercer la crítica en esos medios materiales que son las publicaciones autogestivas, las revistas, los periódicos y, recientemente, los libros, este suscribirme a lo virtual, a lo inmaterial, es también una forma de suicidio virtual.

Escribo este blog como un salto al vacío.

Más que el optimismo de buscar la visibilidad o existencia en este medio; la sensación de desencanto, un espíritu descorazonado de “cansancio de las rutinas sagradas de la existencia” es el que me arroja a esta red.

Quiero pensar que, en esa decepción, reside el espíritu crítico.

Los temas son los de siempre, los que me han creado más malestar: la experiencia cotidiana de la imagen y la tecnología, la relación entre capital, política y cultura.

Comienzo este suicidio virtual. Mi epitafio intenta ser un diálogo continuado.

viernes, 29 de abril de 2011

Tomar los símbolos por asalto

Síndrome Fight Club
En esas charlas que se están dando en el taller de crítica, discutíamos sobre la anulación de los efectos de transformación que tiene la producción cultural al ser asimilada por las industrias culturales.
Esto corresponde al Síndrome Fight Club. Ver esta película –algún capítulo de Los Simpson o de las múltiples caricaturas para adultos que chorrean sarcasmo– nos da una cierta satisfacción como espectadores de que alguien está haciendo una crítica profunda al sistema. Nos cuestiona, nos anima, hasta nos pone eufóricos…
Tal vez durante unos días platiquemos con otros sobre cómo nos identificamos con la película y traigamos la intención de hacer algunas tareas absurdas y anónimas para trastocar el sistema… pero, siguiendo la función que tenemos como públicos frente a un espectáculo (la crítica convertida en espectáculo) nuestra función no va más allá de esa euforia, de esa satisfacción momentánea.
Platicaremos sobre cómo nos gusta la película, tal vez hasta compremos el DVD y narraremos la experiencia por años como si hubiera sido parte de nuestra juventud. Es decir, la película, la crítica convertida en espectáculo, nos asimila nada más pues genera una simbolización sin transformación social.
La función de la crítica es transformar en profundidad las prácticas sociales sin ser absorbidas por las industrias del entretenimiento.
El poder de la representación
Alguien preguntó entonces cómo salir de este círculo vicioso para transformar nuestro entorno. Mi respuesta inmediata fue: representar y representarnos.
La capacidad que la simbolización tiene para transformar la realidad es muy poderosa. Por eso se la han apropiado históricamente las iglesias, los gobiernos y ahora las empresas y los medios.
Son las simbolizaciones las que dan sentido a los fenómenos y la experiencia que constituye la realidad. Así, lo que tenemos que empezar a hacer es generar simbolizaciones, comunitarias que desmonten los modos de ver dominante y que nos den la posibilidad de autorrepresentarnos desde nuestras carencias, diferencias y necesidades.
Establecer nuestros propios medios de discusión pública: un periódico mural, una hoja circulante, un sistema de juntas vecinales, un grupo de discusión, ¿una sitio web? que, en base a la reflexión de las necesidades y carencias compartidas, mueva a sus miembros a tomar conciencia como comunidad y proponer la forma en la que quieren representarse, ser vistos por los otros.
La crítica no es una opción, sino una responsabilidad
En el ámbito tanto de políticas públicas como de las privadas (industrias de la cultura), en esa función de representatividad cultural, se abre el terreno para ejercer la crítica como un derecho ciudadano.
Si los dirigentes de una institución cultural pública promueven programas basados en modelos pasivos o anquilosados de cultura; si en vez de ponerse al día en las nuevas funciones que juegan las instituciones culturales, se desgastan en burocratismos y protocolos sociales vacíos; si cualquier empresa se erige como cohesionadora social a través de su marca; en fin, si con las simbolizaciones que la cultura estatal o las industrias de la cultura nos ofrecen se dedican a lo anterior, en vez de proveernos herramientas para resolver los problemas que la vida implica y que esta sociedad genera; tenemos el derecho (y la responsabilidad) de hacerlo notar, de reclamarlo, de exigirlo.
Este derecho, esa responsabilidad, se sustenta, en el caso de las instituciones públicas, porque eso que están haciendo mal, eso que no están haciendo, implica malgastar fondos públicos; en el caso de las instituciones privadas, porque toda riqueza se produce socialmente (por los ahorros que las empresas hacen en la producción a través de sueldos inequitativos, de contratos a empleados por proyectos y sin prestaciones, de monopolios o concesiones otorgadas por el gobierno, por deducciones de impuestos…
Autorrepresentarnos y ejercer la crítica -autorrepresentarnos a través de la crítica- son derechos/responsabilidades que, al no ejercer, los cedemos a otros que las usan para sus propios intereses.
Esa podría ser una forma inicial de transformar el entorno. Tomar la responsabilidad de simbolizar. Tomar a los símbolos por asalto.

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