el epitafio como motor de contenidos

Decidí empezar un blog. Cuando hay gente que viene de vuelta de la existencia virtual, yo me decido a explorarla.

A destiempo, a contracorriente.

Para mí, después de más de 20 años de ejercer la crítica en esos medios materiales que son las publicaciones autogestivas, las revistas, los periódicos y, recientemente, los libros, este suscribirme a lo virtual, a lo inmaterial, es también una forma de suicidio virtual.

Escribo este blog como un salto al vacío.

Más que el optimismo de buscar la visibilidad o existencia en este medio; la sensación de desencanto, un espíritu descorazonado de “cansancio de las rutinas sagradas de la existencia” es el que me arroja a esta red.

Quiero pensar que, en esa decepción, reside el espíritu crítico.

Los temas son los de siempre, los que me han creado más malestar: la experiencia cotidiana de la imagen y la tecnología, la relación entre capital, política y cultura.

Comienzo este suicidio virtual. Mi epitafio intenta ser un diálogo continuado.

viernes, 13 de mayo de 2011

El flautista de Hamelin (Cholula como estado del alma I)

¿Alguien se une al club de los depresivos suicidas alumnos de Eduardo Ramirez?
del twitter de @Don Apolonio

Escribo desde Cholula. Vine a participar en una serie de eventos sobre proyectos autogestivos y una reflexión sobre la función del productor cultural invitado por Don Apolonio.

Durante el viaje que hice con Marco, en el taller que impartí, en el contacto digital que tenía con mis alumnos de Monterrey, que esta semana entregan su tesis, y en los reencuentros con ex alumnos aquí en Cholula… una constante en las pláticas fue mi “particular manera” de dar clase.

Antes del viaje, Miriam me comentó que si a ella le hubiera hecho los comentarios a los adelantos de su tesis que le hice a Raúl, se hubiera traumado, hubiera dejado de hacerla y se hubiera dado de baja.

“No se entiende. Dudo que lo entiendas tú porque durante todo el semestre trataste de explicar esto y nunca me quedó claro.  Si yo, que he estado cerca de tu proceso todo este semestre, no te estoy entendiendo nada, imagínate a quien no sepa de lo que estás hablando.”
Le dije a Miriam que parte de ser efectivo en la conducción de tesis era detectar qué tono o tipo de correcciones funcionaban para cada uno, desde lo muy seco u ofensivo, hasta lo afectivo. Lo importante es tocar ese centro que nos bloquea la confianza en sí mismo –por inseguridad o exceso de ego– para encauzar un trabajo sincero y productivo.

Educar es un administrar el afecto para favorecer ciertos logros. En estos 15 años produciendo estos comentarios a mis asesorados de tesis, nadie se ha dado de baja o la ha abandonado.

En la espera del aeropuerto, Marco me preguntaba que si la educación académica no se disolvía dado el efecto afectivo que yo causaba en los alumnos por exigirles, criticar  su trabajo y retarlos. Su duda era hasta qué punto estaba yo consciente de esa crisis afectiva por la que atraviesan mis alumnos al llevar mis clases.

Le contesté que, a estas alturas, 1) estoy consciente de que los alumnos pasan por estas crisis y 2) que, incluso, conscientemente las provoco.

La información y conocimiento es accesible a todos y está en los libros para que puedan acceder a ella directamente y, tal vez, hasta de manera más clara. Por esto lo más importante de la formación profesional es exponerlos a un proceso de cuestionamiento como método de formación y de conocimiento.
Para mí, educar es exponer a una experiencia desconocida y, por lo tanto, que excede los libros.
       
En el after del taller que impartí o en la sobremesa de la “mesa de discusión”, ya en la charla informal, algunos asistentes coincidieron en que lo que más apreciaron fue el efecto de “zape mental” (así me lo hizo saber alguien en un meil posterior) que les representó este diálogo.
La constante en todos estos comentarios es la experiencia traumática como efecto. Tan es así que platicando con Luis (Don Apolonio) y Marco (que exponía su trabajo) les decía –en ese tono mitad en broma, mitad en serio que es el primero que desconcierta– que mi “modelo pedagógico” era el flautista de Hamelin, que mi intención era embelesar a los alumnos para llevarlos directo al vacío.
Ese salto al vacío es el aprendizaje, esa confianza ciega que hace que abandonemos el miedo.
Cenando con unos amigos, Marco comentaba que, aunque es cierto que el aprendizaje es responsabilidad del alumno, sonaba muy fuerte que yo constantemente les dijera, después de una revisión de sus proyectos: “todo esto que te marqué eres tú el que tiene que hacerlo. Yo ahorita me voy a mi casa y me tomo una cerveza y se me olvida. A mí me vale madre tu proyecto.”
Decía que el desapego afectivo era muy fuerte.
Yo le contesté que el material no es el centro de la cátedra, sino las personas. Y cuando eso sucede no es posible tal desprendimiento afectivo. En el fondo, no me vale madre. En el fondo, es cierto que a cada alumno le pido que dé un salto al vacío, pero el único que, en este “modelo pedagógico” del flautista de Hamelin, constantemente vive dando múltiples saltos al vacío en acompañamiento a todos los alumnos, soy yo.
En eso consiste la fascinación que para mí da la docencia, en el despertar permanente al que me expone cada experiencia de salto.
Más que el flautista, soy la plaga que una y otra vez salta al vacío.

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