el epitafio como motor de contenidos

Decidí empezar un blog. Cuando hay gente que viene de vuelta de la existencia virtual, yo me decido a explorarla.

A destiempo, a contracorriente.

Para mí, después de más de 20 años de ejercer la crítica en esos medios materiales que son las publicaciones autogestivas, las revistas, los periódicos y, recientemente, los libros, este suscribirme a lo virtual, a lo inmaterial, es también una forma de suicidio virtual.

Escribo este blog como un salto al vacío.

Más que el optimismo de buscar la visibilidad o existencia en este medio; la sensación de desencanto, un espíritu descorazonado de “cansancio de las rutinas sagradas de la existencia” es el que me arroja a esta red.

Quiero pensar que, en esa decepción, reside el espíritu crítico.

Los temas son los de siempre, los que me han creado más malestar: la experiencia cotidiana de la imagen y la tecnología, la relación entre capital, política y cultura.

Comienzo este suicidio virtual. Mi epitafio intenta ser un diálogo continuado.

lunes, 23 de mayo de 2011

Justicia cultural

En la sesión del taller de crítica discutíamos el texto de Boltanski y Chiapello, El nuevo espíritu del capitalismo. Partíamos del planteamiento en el que la crítica se contrapone al capitalismo (que fomenta la desigualdad y el bienestar de unos pocos) con el fin de buscar un cambio hacia la justicia social. Esta confrontación y cambio es lo que genera una cierta dinámica social.

Entre la crítica y el capitalismo se generan múltiples tensiones que pueden llegar a desactivar la crítica y a volverla difícil de dirigir, a fortalecer la justificación del capitalismo o deslegitimarlo y, en el mejor de los casos, a un cambio social que resuelve en poco las desigualdades.

Quisimos ver si el modelo podía aplicarse al caso particular de la cultura así que en vez de capitalismo decíamos instituciones culturales o políticas culturales, mantuvimos la idea de crítica e, intentando una traducción literal, en un vértice de ese triángulo proponía la búsqueda de una justicia cultural.

¿Qué significa justicia cultural?

El simple planteamiento de lo que podría significar la justicia cultural nos llevó a cuestionamientos interesantes.

Desde el punto de vista de la recepción cultural empezamos por la idea de libre acceso a la cultura. No faltó el cuestionamiento de que ya todos tenemos una cultura y, por lo tanto, es absurdo basar la justicia cultural en un acceso ilusorio, el pedir entrar a algo donde ya estamos ubicados.

Partimos de la desigualdad, ¿existe desigualdad en la oferta cultural? ¿Tenemos capacidad de elegir la oferta cultural a la que nos exponemos?
Pensamos que habría mayor justicia cultural si en los cines se proyectara algo más que cine gringo y además que ir al cine de una familia de 3 hijos, no implicara gastar el salario mínimo de toda la semana. Tal vez sería más justo que pudiéramos acceder a algo más que dos televisoras (que parecen una sola) y a un montón de cadenas privadas norteamericanas.

Si nos concebimos a nosotros –como comunidad– como los productores de la cultura y, de una vez dejamos de lado ese concepto inoperante de que son los individuos (artistas, escritores, músicos…) quienes la crean, tenemos también un buen campo para la justicia cultural.

Así, cada comunidad, barrio, grupo de vecinos o cualquier otro interés en común, tendría derecho a contar con espacio de convivencia y medios para difundir sus creaciones. En vez de leyes que favorezcan la creación de monopolios privados, podrían florecer los medios comunitarios donde las necesidades, inquietudes de la comunidad fueran las que produjeran los contenidos.
La comunidad sería más justa culturalmente si existieran más espacios de diálogo en mi cuadra, en mi municipio; si además de museos elitistas de arte, de la ciencia, de la industria, o de cultura popular, hubiera museos comunitarios, donde fuera la propia comunidad quien decidiera y contribuyera con lo que se va a exponer y de esta forma podrían colaborar activamente con la construcción de su identidad comunitaria.

El sentido de la cultura

La formación de públicos es un factor central en la democracia o justicia cultural. En esta formación de públicos el sentido es esencial. No se trata de llevar a los públicos a los museos, a los cines, a las bibliotecas; sino llevar cine, danza, libros a las plazas, a los pueblos, a las comunidades.

Entender que los públicos no son recipientes a los que hay que proveer un discurso, una cultura digna, a quienes hay que depurarles el gusto. No hay que proveerles de herramientas (una visita guiada con un guión cerrado) para entender las manifestaciones culturales.

Hay que romper esta verticalidad. Más que dirigirse a los públicos, hay que preguntarles. Es en la manifestación de sus inquietudes, necesidades, discurso de los públicos donde se democratiza y se construye la justicia cultural.
¿Cuántas de nuestras instituciones, proyectos operan en este sentido?, ¿Cuántas de ellas construyen esta justicia cultural?

Si todo esto no se está haciendo, ese es el campo inexplorado que puede tomar la crítica. De otro modo ésta no se entiende.

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