el epitafio como motor de contenidos

Decidí empezar un blog. Cuando hay gente que viene de vuelta de la existencia virtual, yo me decido a explorarla.

A destiempo, a contracorriente.

Para mí, después de más de 20 años de ejercer la crítica en esos medios materiales que son las publicaciones autogestivas, las revistas, los periódicos y, recientemente, los libros, este suscribirme a lo virtual, a lo inmaterial, es también una forma de suicidio virtual.

Escribo este blog como un salto al vacío.

Más que el optimismo de buscar la visibilidad o existencia en este medio; la sensación de desencanto, un espíritu descorazonado de “cansancio de las rutinas sagradas de la existencia” es el que me arroja a esta red.

Quiero pensar que, en esa decepción, reside el espíritu crítico.

Los temas son los de siempre, los que me han creado más malestar: la experiencia cotidiana de la imagen y la tecnología, la relación entre capital, política y cultura.

Comienzo este suicidio virtual. Mi epitafio intenta ser un diálogo continuado.

lunes, 13 de junio de 2011

Con las manos atadas

1.

Platicaba con Miriam sobre la posibilidad de hablar de arte femenino. Su tesis es que no puede hablarse de un arte femenino dadas las condiciones en las que toda la producción de las mujeres se da. En una sociedad históricamente patriarcal, de dominación, exclusión y opresión hacia la mujer, es difícil definir esas manifestaciones en defensa, en reacción, como lo que define la producción de las mujeres.

Siguiendo la pregunta de Spivak ¿puede hablar el subalterno?, llegamos a premisa de que sería interesante analizar la producción artística femenina como si fuera una producción hecha con las manos atadas. Es lo que se hace desde la opresión, desde el margen.

2.

Esa plática esporádica y continuada que entablamos, otro día desembocó en la necesidad expresiva que cada uno tenemos. Decía que el centro es como un constante flujo y no podemos evitar ser o simbolizarnos. 

Que si se le ponen obstáculos, diques, el flujo deja de salir, pero no se interrumpe y entonces llega a tal nivel que desborda el dique. O que reverbera o da vueltas esquivando los obstáculos que tiene en su paso.
Le decía: “Como nunca aprendí a tocar el piano, como nunca tomé clases de dibujo, escribo o hago conversaciones”.

El lenguaje fue la única forma de expresión de la que dispuse (el único software que traía de fábrica). Con él he tenido que armar mis esquemas de simbolización, a él he tenido que torcerlo o llevarlo al nivel de complejidad o simpleza que se necesitaran para materializar esa simbolización.

3.

En uno de los talleres que doy, les decía que, en época de crisis, es importante poder planear estrategias de producción que no requirieran de tanta infraestructura, de tanto presupuesto. Que la efectividad tenía más que ver con lo simple, con que nuestra infraestructura fuera portátil.

Les ponía el ejemplo de que la infraestructura para esos talleres regularmente la “traigo puesta” y tiene que ver con mi capacidad de hacer diálogos, de generar sentidos por el lenguaje.

4.

Hace unos días Miriam me envió un libro para hacer nudos.
El libro me recordó que alguna forma de escritura se basa en sistemas de nudos.

Cada que trazo una palabra pienso que en ella anudo esa línea de tinta y un sentido, como si me atara al dedo un lazo que me recuerda a mí mismo.

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