1.
No intento una reivindicación de mis aficiones. El hecho de reconocerme, desde un principio, defensor de las causas perdidas, habla por sí mismo.
Como para todos los niños de mi generación, el futbol fue una práctica callejera, una forma de habitar la infancia y demarcar un territorio entre los otros niños de otras cuadras. Bastaba definir el portón de una cochera o dos piedras y, con la portería, surgía el compás que daba norte a todas nuestras acciones.
Así como querer tocar la guitarra eléctrica era una herejía clasemediera, querer pertenecer a las fuerzas básicas de un equipo de primera o participar formalmente en torneos en canchas rentadas, no estaba en el imaginario de mi infancia por la simple razón de que el futbol era otra cosa.
2.
Aunque me tocó vivir la euforia del mundial del 70 y recuerdo haber asistido al estadio Azteca a un cuadrangular en el que participaban el Botafogo y el Guadalajara; mi afición por el futbol se moldeó los domingos que iba a ver jugar a mis tíos en los llanos y luego nos pasábamos al estadio a ver al San Luis, que en ese entonces jugaba en Tercera División.
El santos de San Luis fue el primer equipo que despertó mi afición e hizo evidente mi simpatía por las causas perdidas. Un equipo con más garra que técnica, que en dos temporadas seguidas ascendió de Tercera a Segunda y de Segunda a Primera. Un equipo cuyo entrenador, Chava Reyes, no soportaba la frustración de que sus indicaciones desde la banca no fueran atendidas y, entonces, se quitaba los pants y entraba de cambio a realizar él mismo los movimientos en la cancha.
Por supuesto que el ascenso fulminante resultó en la realidad de un equipo de Tercera, jugando en Primera. Terminó la garra, empezó a perder como debe ser y le empezaron a meter mano hasta que lo convirtieron en un equipo mediocre más de Primera.
Abandoné mi gusto por el San Luis y deambulé sin preferencia hasta que apareció en mi horizonte el Unión de Curtidores. Equipo de Segunda que, a base de riñón, logró ascender a Primera. “El equipo que no sabe perder” le llamó Ángel Fernández. La historia de mi desencanto se repitió cuando, después de varias temporadas, ese riñón me fue extirpado cuando compraron la franquicia para llevarse el equipo a otra ciudad y con otro nombre.
3.
La globalización de la afición futbolera nunca me tocó.
Los deportes de otros países que veía eran los que aquí no había liga o no eran transmitidos por televisión: la NBA, el futbol americano y las grandes ligas de Beisbol.
Cuando empezaron a transmitir los partidos de la liga española en México, para seguir a Hugo Sánchez, nunca los vi. Hugo empezó a caerme mal y no le veía sentido ver partidos entre el Atlético de Madrid contra el Rayo Vallecano.
Creo que ha quedado claro que mi motivación para ver los partidos no era apreciar el alto nivel técnico, que yo simbolizaba en el futbol otras batallas.
Por esa época el Tratado de Libre Comercio volvió regular, por la televisión satelital, la transmisión de la liga la italiana, la Premier, la española y las copas europeas.
Empezó a ser normal que la gente le fuera al Inter… y al Cruz Azul, al Ajax… y al Pachuca, al Barza… y a los Tigres.
En esos años yo seguí sin aficionarme a ningún equipo permanentemente. Veía con gusto los partidos del Toros Neza, del Torreón, de los panzas verdes del León, hasta llegó a entusiasmarme el Veracruz.
4.
Es difícil vivir en esta sociedad sin irle a un equipo de futbol y siendo hombre.
Entonces surgió mi decisión de escoger un equipo fuera de toda relación afectiva. En base a razonamientos lógicos.
Desde hace casi 20 años le voy a las Chivas.
Es el equipo al que le va mi padre. Frente a una tendencia globalizadora, el irle a un equipo que insiste en mantener su nómina en base a puros jugadores mexicanos se volvió en mí una toma de postura. Por su tradición, no me exponía que en pocos años el equipo desapareciera o le vendiera su franquicia a otro equipo. En el momento que lo elegí –inicios de los noventa- el estilo de juego era abierto y mostraba cierta garra.
He sobrevivido y mantenido mi decisión a pesar de malas rachas y de Jorge Vergara. Más que afición, esto es un matrimonio de conveniencia.




¿Qué quieres? ¿Cómo eres? y ¿A quién le vas? son las tres peores preguntas que puedo hacerme.
ResponderSuprimir¿Tigre o Rayado?, mucho peor.
Saludos, Eduardo.