No vi el diálogo entre Javier Sicilia y Felipe Calderón. Lo que me han comentado y he leído coincide en que, ante un ambiente de discurso político viciado, demagógico y cínico, el tono, la escucha y los reclamos, vinieron a refrescar el discurso y la esperanza política.
He seguido cautelosamente el “fenómeno Sicilia”: su rabia, su decisión de renunciar a su oficio y encausarlo hacia la militancia, su acertado uso del discurso, su inteligencia para reconocer coyunturas, medir fuerzas y hacer alianzas y llenar un vacío de representatividad política al mantener ciudadano su movimiento y desde ahí poder ganar visibilidad y la interlocución de las autoridades.
En ese sentido reconozco que es refrescante, alentador y lleno de esperanza.
En una tradición de falta de movilización –sobre todo de las clases medias–, de secuestro de la representatividad por los partidos y los medios masivos, y sobre todo en la antesala de un periodo electoral trascendente, presenciar fenómenos como éste, abre posibilidades y construye sentidos.
Pero mi cautela es mayor que mi esperanza precisamente por esos mismos factores (carencia de movilización, representatividad y la coyuntura electoral). Lo contenido y acumulado de nuestras necesidades sociales plantean el escenario perfecto para ser tomados (y defraudados) por éste y otros movimientos.
La cautela viene de que tras de estos movimientos que realmente contribuyen, aunque sea mínimamente, a equilibrar algunas desigualdades, a sufragar algunas necesidades, a construir sociedad… tras de ellos sigue latiendo el esquema del caudillo. Se llame el subcomandante Marcos, Vicente Fox, Andrés Manuel López Obrador, Javier Sicilia…
Si bien reconozco ciertas simpatías en lo que tras de Sicilia se está conformando, tengo que declarar abiertamente. “Gracias, Sicilia, por abanderar la rabia, por dialogar por la justicia, por representar el miedo y el dolor de las víctimas: Gracias, pero No en mi nombre”.
Porque cada que nos dejamos representar por alguien más estamos renunciando al único poder que tenemos: nuestra capacidad de autorrepresentación; estamos dejando de ejercer nuestra capacidad de diálogo y propuesta; estamos movilizándonos en marchas en las que otros nos dirigen a rumbos ajenos.


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