el epitafio como motor de contenidos

Decidí empezar un blog. Cuando hay gente que viene de vuelta de la existencia virtual, yo me decido a explorarla.

A destiempo, a contracorriente.

Para mí, después de más de 20 años de ejercer la crítica en esos medios materiales que son las publicaciones autogestivas, las revistas, los periódicos y, recientemente, los libros, este suscribirme a lo virtual, a lo inmaterial, es también una forma de suicidio virtual.

Escribo este blog como un salto al vacío.

Más que el optimismo de buscar la visibilidad o existencia en este medio; la sensación de desencanto, un espíritu descorazonado de “cansancio de las rutinas sagradas de la existencia” es el que me arroja a esta red.

Quiero pensar que, en esa decepción, reside el espíritu crítico.

Los temas son los de siempre, los que me han creado más malestar: la experiencia cotidiana de la imagen y la tecnología, la relación entre capital, política y cultura.

Comienzo este suicidio virtual. Mi epitafio intenta ser un diálogo continuado.

lunes, 27 de junio de 2011

No en mi nombre

No vi el diálogo entre Javier Sicilia y Felipe Calderón. Lo que me han comentado y he leído coincide en que, ante un ambiente de discurso político viciado, demagógico y cínico, el tono, la escucha y los reclamos, vinieron a refrescar el discurso y la esperanza política.
He seguido cautelosamente el “fenómeno Sicilia”: su rabia, su decisión de renunciar a su oficio y encausarlo hacia la militancia, su acertado uso del discurso, su inteligencia para reconocer coyunturas, medir fuerzas y hacer alianzas y llenar un vacío de representatividad política al mantener ciudadano su movimiento y desde ahí poder ganar visibilidad y la interlocución de las autoridades.

En ese sentido reconozco que es refrescante, alentador y lleno de esperanza.

En una tradición de falta de movilización –sobre todo de las clases medias–, de secuestro de la representatividad por los partidos y los medios masivos, y sobre todo en la antesala de un periodo electoral trascendente, presenciar fenómenos como éste, abre posibilidades y construye sentidos.

Pero mi cautela es mayor que mi esperanza precisamente por esos mismos factores (carencia de movilización, representatividad y la coyuntura electoral). Lo contenido y acumulado de nuestras necesidades sociales plantean el escenario perfecto para ser tomados (y defraudados) por éste y otros movimientos.
La cautela viene de que tras de estos movimientos que realmente contribuyen, aunque sea mínimamente, a equilibrar algunas desigualdades, a sufragar algunas necesidades, a construir sociedad… tras de ellos sigue latiendo el esquema del caudillo. Se llame el subcomandante Marcos, Vicente Fox, Andrés Manuel López Obrador, Javier Sicilia…

Si bien reconozco ciertas simpatías en lo que tras de Sicilia se está conformando, tengo que declarar abiertamente. “Gracias, Sicilia, por abanderar la rabia, por dialogar por la justicia, por representar el miedo y el dolor de las víctimas: Gracias, pero No en mi nombre”.

Porque cada que nos dejamos representar por alguien más estamos renunciando al único poder que tenemos: nuestra capacidad de autorrepresentación; estamos dejando de ejercer nuestra capacidad de diálogo y propuesta; estamos movilizándonos en marchas en las que otros nos dirigen a rumbos ajenos.

Esta renuncia a ser representado por otros posiblemente me aisle, pero me deja la gran responsabilidad de yo dar el paso adelante, yo trabajar cotidianamente por mi representación, el irrenunciable esfuerzo de construir mi discurso y generar visibilidad y buscar mis interlocutores y crear mi propio diálogo.

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