el epitafio como motor de contenidos

Decidí empezar un blog. Cuando hay gente que viene de vuelta de la existencia virtual, yo me decido a explorarla.

A destiempo, a contracorriente.

Para mí, después de más de 20 años de ejercer la crítica en esos medios materiales que son las publicaciones autogestivas, las revistas, los periódicos y, recientemente, los libros, este suscribirme a lo virtual, a lo inmaterial, es también una forma de suicidio virtual.

Escribo este blog como un salto al vacío.

Más que el optimismo de buscar la visibilidad o existencia en este medio; la sensación de desencanto, un espíritu descorazonado de “cansancio de las rutinas sagradas de la existencia” es el que me arroja a esta red.

Quiero pensar que, en esa decepción, reside el espíritu crítico.

Los temas son los de siempre, los que me han creado más malestar: la experiencia cotidiana de la imagen y la tecnología, la relación entre capital, política y cultura.

Comienzo este suicidio virtual. Mi epitafio intenta ser un diálogo continuado.

martes, 21 de junio de 2011

¿Públicos participativos?

Lo que sigue surge de una conversación con Diego.

Participar no implica esa acepción materialista, física, corpórea: apretar un botón, transitar un espacio, mover un objeto, comer algo… el público participa en las manifestaciones artísticas cuando pone su pensamiento en ellas: reflexiona, las experimenta y construye su recuerdo con ellas.

Ya lo he comentado en otros espacios, a veces esta tendencia de hacer participar al público ha llegado a tal extremo que evidencia la necesidad de una institución que arbitre y defienda los derechos del receptor para que no sea pisoteado o tomado como elemento formal más de una pieza artística. Algo así como una Procuraduría del Consumidor del Arte.

¿Promueven la participación de los públicos las instituciones?

Desde el pedestal, la cadena forrada de terciopelo rojo, el capelo o vitrina, hasta la línea de maskintape en el piso, la institución expositiva ha creado todo un lenguaje o una serie de artefactos que mantienen al receptor alejado, distinto, distanciado del objeto de arte.
Una de las estrategias en las que los espacios expositivos excluyen a un sector del público, al promover un mercado basado en el objeto singular, es invisibilizarse. Al ubicarse en zonas de la ciudad de alto nivel económico, sin sentir la necesidad de anunciar o diferenciar su localización, hay que pertenecer a un grupo de élite para “saber” dónde se encuentran las galerías. Esta mimetización las define como una casa más de colonias burguesas donde los públicos no tienen acceso.

Ni hablar de toda una serie de políticas de la institución del arte que desestimulan la participación de los públicos.

Una pieza modular de Lygia Clark dentro de un capelo porque el coleccionista no se anima a que, por la interacción, su pieza se deteriore.

Videos de una hora exhibidos en salas vacías o con bancas sólidas que no acogen o motivan el permanecer sentados más de 15 minutos. Monitores o reproductores de DVD que, ante los  escasos públicos, permanecen apagadas e imposibles de encender… porque los guardias tienen la instrucción de que no se modifique ni toque ninguna pieza de la exposición.

¿Están los públicos preparados para manifestaciones participativas?

A partir del vacío del flujo turístico internacional, para el que estaba planeado los eventos del Forum Internacional de la Cultura, se evidenció en la ciudad un público cultural nutrido, dispuesto, maduro para apreciar y demandar actividades culturales.
Estos públicos han sido formados, casi sin querer, por las actividades culturales de las universidades, por los festivales de las academias de danza para las familias clasemedieras que aspiran a que sus hijas sean bailarinas, por los antros o cafetines que llenan con familiares o amigos las exposiciones, por las miles de clases particulares de guitarra eléctrica que los hijos de muchas familias toman cotidianamente.

Tal parece que hay una gran diversidad de públicos en la zona metropolitana de Monterrey.

¿Están las instituciones culturales preparados para ofrecer manifestaciones que satisfagan a estos públicos?

Mientras las instituciones culturales busquen las estadísticas, el evento espectacular más que convocar el sentido, la reflexión, en la comunidad, seguiremos exponiéndonos a exposiciones multitudinarias como Las momias de Guanajuato, Pixar, Frida, incluso de exposición interactiva del ejército.
En éstas se convoca al público para ser utilizado como bulto (estadística de entrada), como masa a adoctrinar sobre la imagen que el ejército debe tener en una ciudad sitiada por la guerra contra el narco, como ente irreflexivo que va al museo como al estadio a comprar sus afiches o poster para alimentar una afición maleable.

El público es otra cosa, una fuerza a la que nadie se atreve a convocar, pero que necesitan tanto productores como instituciones culturales.

¿Cuándo se le dará su lugar?

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