Empecé un taller sobre ensayo y eso me ha llevado a pensar y tomar unas posturas.
1
Como estudiante de Letras mis lecturas rondaban entre la poesía y la narrativa. Así fue por años, por gusto y como maestro de redacción y literatura. En algún momento mis lecturas fueron afectadas por una decisión tajante pero no sé si consciente. Dejé de leer ficción para dedicarme a leer sólo ensayos. Esto fue hace 20 años
A la distancia veo esto como un desencanto no sólo hacia la ficción, sino hacia un cierto modo de enfrentar la vida.
Lo que la ficción me proveía era acumulación de experiencia. Lo que a mis treinta, sin saber, buscaba eran estructuras de sentido. El mundo se me presentaba caótico, absurdo, confuso.
2
La primera consecuencia de mi cambio de hábito fue encontrar que los límites entre los géneros eran porosos, flexibles. En mi lectura de temas sobre ciencia, psicología, antropología, sociología, historia… encontré un uso de la metáfora, de la narrativa, extraordinario.
Leer ensayo me probó que se puede “ver el universo en un grano de arena”. Pero, sobre todo, que lo que lo guía no es la razón, sino, la desazón.
En el inicio de La muralla y los libros Borges dice:
“Leí, días pasados, que el hombre que ordenó la edificación de la casi infinita muralla china fue aquel primer emperador, Shih Huang Ti, que asimismo dispuso que se quemaran todos los libros anteriores a él. Que las dos vastas operaciones –las quinientas a seiscientas leguas de piedra opuestas a los bárbaros, la rigurosa abolición de la historia, es decir del pasado– procedieran de una persona y fueran de algún modo sus atributos, inexplicablemente me satisfizo y, a la vez, me inquietó”
Primero está la asociación entre varios eventos (en el caso de Borges: la coincidencia en una persona entre la construcción y la destrucción monumental). Luego y, sobre todo, está lo que esta asociación despierta sobre nosotros: esa inquietud, esa desazón.
3
En el momento en el que cae la estructura lógica como modelo de explicación, surgen las asociaciones: conceptuales, formales, iconográficas, textuales, ilógicas, absurdas, disléxicas…
El ensayo es una asociación metafórica que aspira a producir reverberaciones, armonías, ecos, sinapsis, relámpagos que no trazan el sentido, sino que lo dislocan.
No se trata de solucionar un problema, sino de generar cuestionamientos. El ensayo pretende serle fiel a la inquietud que lo originó, al revelarla.
4
El ensayo es una asociación libre de ideas.
En este sentido más que el desarrollo lógico, ¿se aspira a la estética surrealista: “el encuentro casual entre una paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disección”?
Dejarse llevar por la lógica, el ritmo del discurso, en eso se parece a la improvisación de jazz pues despliega las posibilidades, recursos, limitaciones del discurso.
Evidenciar la fluidez de este artefacto de palabras hasta el punto que el propio discurso se vuelva invisible.
Más una “filigrana que escapa a la mordida de las termitas” que el engranaje del reloj que evidencia su funcionamiento.
5
El espacio de esta asociación de ideas es el contexto particular de conocimientos que sirven para hacer estas asociaciones.
Como en la magia, para poder sacarse cosas de la manga, previamente hay que llenarlas.
Más importante que lograr una chispa, es la construcción de un artefacto de espejos que la multiplique.
6
El ensayo es una estructura de nodos y tensiones.
Una serie de puntos de los que emanan múltiples sugerencias y líneas que las sostienen, que soportan esa lectura.
El discurso aspira al intento de trazar ese delicado balance, al equilibrio efímero por el que atraviesa la lectura.
Más que trazar toda la figura, dibujar con puntos. Construir constelaciones.
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Como en Hansel y Gretel, el ensayo surge de esa angustia que se abre entre una piedra encontrada y la siguiente.



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