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Platicaba con Loreto y Luis sobre esa marejada de producciones culturales que se está dando en Monterrey en respuesta a la violencia.
En ellas aparecen recortes de periódicos con fotos de los ejecutados, los titulares, las imágenes de la televisión, un sinfín de “recontextualizaciones” de juguetes bélicos o la utilización de juegos de niños en la representación de la violencia, manchas de sangre o la recreación de los rafagazos sobre el Cerro de la Silla o cualquier lugar iconico…
En vez de postales turísticas, se venden postales violentas.
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Coincidíamos en que a esas producciones les faltaba asimilar lo que estamos viviendo. Son solo reproducción de la espectacularización que hacen los medios de la violencia. Ninguna de estas simbolizaciones trasciende el shock en el que estamos inmersos como sociedad y no nos libera de la inmovilización, pasividad del espasmo.
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Llegamos a decir, incluso, que el contexto político influía en esta tradición de simbolizar la violencia (de nombrar la violencia simbólica). Pensamos en que los regímenes autoritarios de Latinoamérica, sobre todo, generaban simbolizaciones más eficientes.
Como si la libertad de expresión, de los regímenes aparentemente democráticos, más que un logro, fuera una mordaza simbólica. Como si la imposibilidad política hiciera pensar a los productores culturales en simbolizaciones más profundas que la mera reproducción del sistema y de las imágenes violentas.
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La producción cultural se hace cargo de lo no dicho. Ese grito contenido que, al volverlo público, nos ayuda a entender, nos libera.


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