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Stephen King en Mientras escribo narra una experiencia aterradora. Una noche, estando acostado en la cama de un cuarto de hotel, pensó en, sintió, todas las experiencias que pudieron haber pasado no solo en ese mismo cuarto, sino en esa misma cama. Crímenes, desolación, violencia, actos de amor, suicidios, llanto, celebración hasta la inconsciencia, rupturas, ritos misteriosos, engaños…
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La misma naturaleza de los hoteles –cuartos de alquiler por noche– los convierte en contenedores de múltiples experiencias. Sin embargo por una extraña simbolización o alquimia –obra de la publicidad o de nuestra propia ceguera cómplice– hace que cada que llegamos a un cuarto de hotel, sintamos que recién se abre para nosotros. El baño, los armarios, las sábanas nos esperan frescas, limpias y blancas, borrando cualquier huella de las cientos de personas que han pasado por ese mismo cuarto.
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Pienso en las fotografías de salas de cine de Hiroshi Sugimoto. Vemos la pantalla de una sala de cine completamente blanca, iluminada, como si de ella saliera la luz. Esta luz radiante es el resultado de haber dejado el obturador de la cámara abierto durante toda la proyección de una película. Este blanco inmaculado se logra por la acumulación de cientos y cientos de distintas imágenes.
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Algo así sucede con las sábanas de hotel. Es la suma de experiencias que sobre ellas se proyectan, lo que produce su blancura.


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