el epitafio como motor de contenidos

Decidí empezar un blog. Cuando hay gente que viene de vuelta de la existencia virtual, yo me decido a explorarla.

A destiempo, a contracorriente.

Para mí, después de más de 20 años de ejercer la crítica en esos medios materiales que son las publicaciones autogestivas, las revistas, los periódicos y, recientemente, los libros, este suscribirme a lo virtual, a lo inmaterial, es también una forma de suicidio virtual.

Escribo este blog como un salto al vacío.

Más que el optimismo de buscar la visibilidad o existencia en este medio; la sensación de desencanto, un espíritu descorazonado de “cansancio de las rutinas sagradas de la existencia” es el que me arroja a esta red.

Quiero pensar que, en esa decepción, reside el espíritu crítico.

Los temas son los de siempre, los que me han creado más malestar: la experiencia cotidiana de la imagen y la tecnología, la relación entre capital, política y cultura.

Comienzo este suicidio virtual. Mi epitafio intenta ser un diálogo continuado.

jueves 11 de agosto de 2011

La página soñada

1.
Era el día de entrega y yo estaba en blanco. Esa madrugada soñé escribir el texto.

Aparecía una hoja en blanco, una pantalla donde iba organizando las palabras, ordenando las ideas. Lentamente. En el sueño las palabras se escriben más despacio que en esa pantalla luminosa porque se escriben con la mente.

Fui escribiendo, párrafo por párrafo, la cuartilla completa. Escribir en sueños es una experiencia prístina, clara, luminosa. Cuando terminé (tenía conciencia de estarlo soñando), me dio miedo olvidarlo todo al despertar.

Me tomé unos minutos más para releer, tratando de recordarlo mejor.

Desperté. Me ocupé de las actividades prácticas que nos fatigan cada mañana: saludar a los otros, compartir el desayuno, platicar, planear el día, bañarme... A media mañana intenté recrear el texto soñado.

Solo quedaba la primera frase. Con ella emprendí esa arqueología del sueño. No alcancé el texto soñado, pero el sueño determinó, definió el sentido del texto materializado.

2.
El sueño y la creación siempre se han relacionado. El primero como una forma sublimada e inalcanzable; la segunda como su sombra, su aspiración nunca lograda.


3.
Leo el libro La cámara oscura de Georges Perec. Recoge más de ciento veinte sueños que durante varios años fue registrado.

Al principio escribe “Terminé por admitir que esos sueños no habían sido vividos para ser sueños, sino soñados para ser textos.”

¿La escritura antecede al sueño o el sueño prefigura el texto?



4.
En El sueño de Coleridge, Borges plantea que en esta coincidencia entre el palacio soñado por Kubla Khan, ya para entonces destruido, y los versos soñados por el poeta, que no pudo transcribir completos por ser interrumpido, se manifiesta un signo que, en su persistencia, algo quiere revelarnos antes de disolverse en ruinas.

En esta construcción arquetípica y atípica que intenta toda la obra borgiana, más que la particularidad psicológica del sueño, se prefigura el gran signo, la única metáfora a la que los hombres nos exponemos.

Eso le hace plantear la esperanza, el reto, de que “quizá la serie de sueños no tenga fin, quizá la clave esté en el último.”

5.
Yo tengo, para mí, que no importa no trazar las palabras que se nos dictan en sueños. Lo esencial es acariciar el sueño, exponernos a esa sensación. A pesar de que, a la mañana siguiente, nada recordemos.

Soñar nos provee de sentido, aunque no podamos expresarlo.

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