La luna resplandecía clara y los guijarros blancos brillaban como si fueran monedas de plata.
Hansel y Gretel
He dejado, por días, de escribir entradas en este blog.
Llevo más de 10 minutos frente a la pantalla y no avanzo. Sé lo que quiero decir, pero no sé las palabras.
Es como si tuviera frente a mí un montón de piedras blancas y estuviera escogiendo la adecuada para dejar hoy en el camino.
Tomo una. La limpio. La pulo para probar su brillo (además de blancas tienen que brillar con la luna, romper la oscuridad). Luego tomo otras y las comparo.
No me decido por una. Por eso simplemente estoy frente a la pantalla en blanco con la idea de escribir.
Sé que todas esas piedras blancas son para ti. Que, tarde o temprano, las escribiré, pero no me decido hoy cuál darte, cuál poner frente a tus ojos.
No se trata tampoco de entregarte el montón y ya, de dártelas juntas. Lo importante de estas piedras es ir dibujando un camino que te saque del bosque. Saber dónde va la siguiente, que tan retirada poner una de otra para que no sientas que te abandono, que ya no hay más.
Lo importante es construir una ruta con ellas. Como si tuviera que leer tu mirada, entenderla, para saber qué signo es el que ahora necesita. ¿Correr hacia la próxima o ponerla tan cerca que apenas tengas que dar un breve paso?
En esta ruta, al mismo tiempo que te doy, me quedo yo con algo. No pierdo estas piedras. También me ayudan a mí a salir del bosque, a no sentirme perdido.
Tal vez por eso me tomo tanto cuidado en escribirlas. Por cada paso que tú das hacia tu centro, yo doy otro en mi propio camino.
En estas palabras nos encontramos.

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