el epitafio como motor de contenidos

Decidí empezar un blog. Cuando hay gente que viene de vuelta de la existencia virtual, yo me decido a explorarla.

A destiempo, a contracorriente.

Para mí, después de más de 20 años de ejercer la crítica en esos medios materiales que son las publicaciones autogestivas, las revistas, los periódicos y, recientemente, los libros, este suscribirme a lo virtual, a lo inmaterial, es también una forma de suicidio virtual.

Escribo este blog como un salto al vacío.

Más que el optimismo de buscar la visibilidad o existencia en este medio; la sensación de desencanto, un espíritu descorazonado de “cansancio de las rutinas sagradas de la existencia” es el que me arroja a esta red.

Quiero pensar que, en esa decepción, reside el espíritu crítico.

Los temas son los de siempre, los que me han creado más malestar: la experiencia cotidiana de la imagen y la tecnología, la relación entre capital, política y cultura.

Comienzo este suicidio virtual. Mi epitafio intenta ser un diálogo continuado.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Disculpe las molestias

Entre el silencio y la discusión virtual

Ismael me pregunta en este mismo blog¿de verdad nadie ha comentado este texto? ¿nadie coincide y nadie replica? ¿nadie dice 'tienes razón' o 'eres un amargado'? o ¿simple y sencillamente estamos rodeados de silencio a medias? ¿Todos los dicen y piensan algo, pero temen compartirlo?

Paralelamente, resultado de una larga discusión, en facebook, con Jaime y Rodrigo sobre el sentido de la poesía “en este caos”, surgió la invitación por parte de Rodrigo de encontrarnos.

Creo que la desesperación velada de Ismael ante el silencio y la necesidad de darle cuerpo a esa acalorada discusión virtual, definen la dimensión que nos acecha en estos tiempos. Una dimensión que necesita tomar cuerpo en el cara a cara.

Darle cuerpo a la palabra

En estos días nos reunimos cerca de quince personas cuyo factor común, según mi percepción, era que estábamos a medio camino entre 1) la decepción de ese tirarse a la calle antes de estar preparados o definir claramente un para qué y 2) el desencanto de la reflexión aislada, de ocupar un espacio de privilegio que la educación nos da, en que la clase media nos atrapa.

Yo mismo compartía que no sabía bien a bien qué era lo que me llevaba a ese encuentro. Creo que iba sobre todo a desaprender a reeducarme sobre mi forma de ser social. Que en todos estos años (50 de vida, 27 de carrera) sabía que no tenía mucho que aportar, que no existía ninguna experiencia ganada, ninguna jerarquía que yo pudiera ejercer ante la ruina social en que vivimos.

Había un aire de vulnerabilidad que nos permitía encontrarnos. Estábamos conscientes de que necesitábamos revisarnos para no reproducir prejuicios o esquemas ingenuos en nuestros intercambios cotidianos.

Me llamó la atención que lo que imperó en ese encuentro fue el lenguaje llano, a pesar de la formación de cada uno, no caímos en la discusión teórica de otras veces, en el análisis académico, sino que partimos de la experiencia, desde esa vulnerabilidad personal que es el único espacio desde donde puede surgir el diálogo.

El ánimo de todos era, antes que nada, reconocernos en el cara a cara y darle cuerpo a la palabra.

Como no somos ingenuos quedamos en probar primero la posibilidad de encontrar intereses en común para luego decidir si podemos seguirnos reuniendo y llegar juntos a algo.

Disculpe las molestias que pueda ocasionar mi traslado al cara a cara.

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