el epitafio como motor de contenidos

Decidí empezar un blog. Cuando hay gente que viene de vuelta de la existencia virtual, yo me decido a explorarla.

A destiempo, a contracorriente.

Para mí, después de más de 20 años de ejercer la crítica en esos medios materiales que son las publicaciones autogestivas, las revistas, los periódicos y, recientemente, los libros, este suscribirme a lo virtual, a lo inmaterial, es también una forma de suicidio virtual.

Escribo este blog como un salto al vacío.

Más que el optimismo de buscar la visibilidad o existencia en este medio; la sensación de desencanto, un espíritu descorazonado de “cansancio de las rutinas sagradas de la existencia” es el que me arroja a esta red.

Quiero pensar que, en esa decepción, reside el espíritu crítico.

Los temas son los de siempre, los que me han creado más malestar: la experiencia cotidiana de la imagen y la tecnología, la relación entre capital, política y cultura.

Comienzo este suicidio virtual. Mi epitafio intenta ser un diálogo continuado.

sábado, 10 de septiembre de 2011

El productor como wedding planner II

Happy birthday to you…

Esta semana se dieron dos eventos que llamaron mi atención, dos formas de festejar un cumpleaños, similares. Al escritor Felipe Montes le “rindieron homenaje” en la Casa del Libro de la UANL como una forma de festajar sus 50 años… de vida. Y marsantonelo celebro sus 25 con una exposición (Un cuarto de Wasa) en la galería Distrito 14.

Será que yo soy más pudoroso o que, por más que lo intente, no junto a más de 10 cuando celebro mi cumpleaños, lo cierto es que creo que estos dos eventos nos dicen algo del cambio en el productor cultural y en su relación con el contexto.

El wedding planner

A lo largo de este año he estado reflexionando sobre el papel del productor en este contexto de capitalismo cultural, de un circuito internacional del arte y su posibilidad de tropicalizarlo o sus manifestaciones en zonas periféricas como las que vivimos.

Cuando establecía el wedding planner como modelo de productor en esta época de trabajo inmaterial y de personalidad flexible, de multihabilidad como forma de explotación, decía que “los wedding planners trabajan para que los otros gocen, son en quienes recae toda la responsabilidad del evento, pero que no gozan de crédito ni disfrutan de la experiencia, son quienes hacen el trabajo sucio para alguien que puede pagar por no someterse a esa experiencia, a esa tensión que genera la responsabilidad de la producción cultural”.

Lo que proponía para evitar este esquema de explotación por parte de la jerarquía de la institución del arte era en vez de que el productor buscara la alianza con la autoridad, que la buscara con los públicos, que les sirviera a ellos más que como el festejado, como el anfitrión.

El productor como novio

He estado involucrado en el proyecto de marsantonelo desde hace más de una año. Mis reflexiones sobre el wedding planner han surgido, incluso, de mis pláticas con él.

En mayo pasado fuimos juntos a presentar su trabajo a Don Apolonio, en Cholula.

No sé cómo hayan percibido la exposición de este miércoles los demás, yo no puedo evitar comparar lo que experimenté en Cholula con lo que testifiqué en El cuarto de Wasa, tal vez por eso propongo un contraste entre estos eventos.

En el cuarto de Wasa se contextualizó la exposición del trabajo de Marco, en una celebración centrada en él, como cumpleañero. En este sentido la función del productor dejó de ser de anfitrión como operó en Cholula a través de las visitas a universidades, mesas de discusión, incluso la función que Marco tomó como organizador/montador de la expo. Es decir el productor pasó a ser el festejado una vez más.
En el caso de Monterrey se encargó la “decoraduría” a profesionales de la Decoración de interiores (su madre y hermano). Y la sala de exposición realmente parecía decorada como para boda: arreglos florales majestuosos en las mesas del buffet, dos salas blancas en el centro, una tipo lounge y otra de sillones donde se sentaron los papás del festejado.
Si bien en Cholula la obra pasaba a un segundo plano por todo el contexto de mesas, talleres, visitas en la que se contextualizó; aquí la obra pasó a un segundo plano, gracias a la “decoraduría” y al motivo del festejo, lo que estaba en las paredes era un prop más de esa decoración, hacían juego con la sala.  

De la invitación pública que se dio en Cholula, esta exposición era cerrada, por invitación y guardias en la puerta. Si bien el ambiente público de Don Apolonio resultó en baja entrada, el encuentro que se daba con los asistentes podría llegar a ser más sorpresivo. La invitación cerrada, a amigos y parientes del cumpleañero, aseguró una alta entrada pero lo último que a lo que los asistentes iban era a platicar de la obra. Resultó sintomático que en un momento dado, la familia estaba dentro de la galería y los amigos afuera, fumando y platicando porque la música no lo permitía adentro.
Como resultado, de wedding planner como se intentó en Don Apolonio, el productor pasó a ser el novio en Distrito 14.

El contexto como protagonista

La única lectura interesante que nos provee esta celebración/exposición tiene que ver en cómo el contexto puede determinar la función del arte y como determina la del productor.

En un contexto universitario como Cholula, con un público relajado y en un centro como Don Apolonio, las mismas tuvieron una lectura que ese contexto les proveyó (como un proyecto que propone la reflexión sobre los estamentos del circuito del arte y la imagen en esta época de capitalismo cultural).

En la galería Distrito 14, en San Pedro, las mismas imágenes pasan a ser decoración, uno más de los gadgets que ayudan a construir un estilo de vida, basado en la apariencia y el deleite que tienen detrás la persecución del capital.   

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada