Todos conocemos la historia.
Después de ver la destrucción que había causado, Dios ofrece a Noé una alianza. Le dice que no volverá a exterminar a la humanidad. Como símbolo de esta alianza, y recordatorio para detenerse cuando la lluvia persista, Dios crea el arco iris.
Luego le dice a Noé, “Creced y multiplicaos, pululad por la Tierra y dominad en ella”.
Lo que sabemos de Noé, después del diluvio, es que se dedicó al cultivo de la vid y se embriagó tan pronto pudo.
¿Qué sentido podemos leer tras la embriaguez del único hombre justo que Dios encontró en la Tierra, como para decidir salvarlo?
Hay algunos que encuentran un paralelo entre su embriaguez y la caída de Adán en el Paraíso. Dicen que Noé, ante ese nuevo mundo por poblar, se sintió imperfecto, desnudo, tentado por los placeres terrenales.
Otros piensan que la culpa de ser sobreviviente de un sacrificio de tales dimensiones, lo llevó a estas oscuridades.
Yo tengo para mí que se aclaró su entendimiento al ver el primer arco iris y tuvo una iluminación de la conciencia con toda esta experiencia del diluvio.
Lo que Noé testificó no fue tanto la caída del hombre, sino la caída de Dios.
Dios cayó a la tentación de destruir toda la vida en la Tierra por el diluvio, solo para no echar a perder la perfección de su obra. No pudo contenerse y manifestó todo el peso de su poder.
El acto de arrepentimiento, y el mandato de que la humanidad creciera y se multiplicara, fue evidentemente un acto ciego de culpa divina y una búsqueda compensatoria de ejercicio de poder por la comprensión.
Noé vislumbró las consecuencias para la vida de la humanidad de este arrepentimiento y esta alianza. Por eso se embriagó.
(Texto conmemorativo del alcanzar el habitante 7 mil millones sobre la tierra)

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